domingo, 21 de mayo de 2023

Kelly Sailor y la frecuencia mortal (1)

 

        — Muy bien, entonces, los que estén a favor de la propuesta…
— ¡No entiendo cómo puede alguien estar a favor de la propuesta!
     — ¡Por favor, Ron! — llamó la atención Benjamin Carter, presidente de la asociación de propietarios del edificio Stone, inaugurado apenas seis meses atrás —. Vamos a votar. Los propietarios que estén a favor, sírvanse expresarlo levantando la mano. Tres, incluyéndome. ¡Los que estén en contra! Cuatro. La propuesta ha sido rechazada…
— ¡Pido una maldita reconsideración! ¿Qué diablos es esto? ¿Se van a dejar convencer por alguien que nunca sale de casa y por ende no le importa nada? — exclamó otro de los asistentes.
— ¡Ya se votó, es todo! — gritó Ron Needles, exasperado — ¡Será para el próximo mes!
— ¡Un poco de calma, señores! Esta sesión se termina. Señor secretario, si pudiera redactar el acta para que todos la firmen…
— ¡Yo no la firmo! — exclamaba otro de los propietarios del edificio, saliendo de la habitación de Carter que servía como sala de conferencias.
Ron Needles fue el último en salir de allí luego de firmar el acta respectiva. Dos semanas más tarde, el hombre esperaba visitas a las nueve de la noche, para lo cual dispuso debidamente las cosas en su departamento. Horace “Beans” Cassidy, Tim Katz y Paul “Ballroom” Jenkins habían recibido una invitación por parte de Ron, ex compañero de escuela, para una reunión por los 10 años de graduación de la secundaria. Él no tuvo problemas en averiguar sus direcciones: los tres vivían muy cerca el uno del otro. Lo curioso es que se les indicó que entraran con una máscara de animal puesta, pues el anfitrión, según la tarjeta, exhibiría algunas fotos de la adolescencia en una pantalla para que después los invitados se quiten las máscaras y les muestren a todos cómo se veían en la actualidad. En el vehículo, un Ford Bronco con transmisión automática, los tres ex compañeros de clase se aproximaban a destino. 
— ¿Puedes creerlo? Lo teníamos como esclavo en esa porquería de secundaria y ahora el cojo nos invita a todos a su departamento. Te diré una cosa: si los tragos no son buenos le meto la cabeza en el inodoro, por los viejos tiempos.
— Yo voy simplemente por curiosidad. Quiero saber qué diablos hizo para conseguirse un departamento a los 27 años en ese vecindario. Me sorprende porque siempre fue un perdedor. Recuerdo que en la elemental todo el mundo quería ser astronauta a pesar de que el Apolo 1 solo sirvió para hacer barbacoa con Grissom y su gente, para que veas que eso a nadie le importó, y él decía que no se subiría a un cohete ni en un millón de años.
— Así es. ¿Te acuerdas cuando en el test de vocación del décimo grado salió como controlador aéreo, pero él anunció que estudiaría química?
— Claro, Beans, pero a ti te salió doble de acción y tú querías ser un maldito proxeneta. Ahora mírate, un sueldo en la fábrica de galletas…
— ¡Jefe de personal! ¡Jefe de personal, que no se te olvide! ¿Por qué crees que estoy en ese puesto? Porque al primero que me contradiga en algo le quiebro la rodilla.
— ¿Así como se la quebraste a Ron? 
Los tres permanecieron en silencio hasta que el semáforo cambió a verde. Katz y Jenkins se miraban como tratando de decidir quién tomaría la palabra.
     — ¡Eso fue un accidente! El director lo dijo, el abogado lo dijo. Los padres de las dos familias estuvieron de acuerdo.
— Miren, cuando entremos nada de decirle “cojo”. No vale la pena, habrá gente allí que no lo tomará bien. 
— Bueno, basta, ya vamos a llegar.
El barrio estaba poblado de edificios relativamente nuevos, en especial la cuadra donde se ubicaba la dirección del anfitrión. Los tres tipos bajaron del Bronco, dejándolo estacionado frente al edificio Stone. Cassidy, con una máscara de león se encargó de tocar el timbre de departamento 211, adelantándose a Jenkins quien iba de zorro, y a Katz quien no quiso ir de gato sino de tigre.


— ¡Needles! ¡Estamos aquí abajo! 
Un leve zumbido indicó que la cerradura se había abierto automáticamente, tras lo cual los invitados empujaron la puerta, disponiéndose a subir los escalones hacia el segundo piso. Al llegar arriba, Cassidy no necesitó tocar para entrar al departamento. La puerta del 211 estaba abierta, dejando ver un decorado de serpentinas y una mesa en el fondo con ponche y otras cosas más. Había música, pero era algo ligera para la ocasión: “Alive and kickin’” de Simple Minds, un tema de moda. Needles estaba de pie frente a dicha mesa. 
— ¡Cojo! — saludó inmediatamente Cassidy al ver que aún no llegaba nadie —. Tú, tan popular como de costumbre.
— Vaya, Needles, tú casi no has cambiado — añadió Katz —. Yo, en cambio, tengo pendiente una cita con el fisioterapeuta. Un mal movimiento tras devolver una pelota de tenis. Pero, por lo que estoy viendo, parece que toda la clase va a estar ocupada en otras cosas esta noche.
— No se adelanten a los hechos — aclaró el anfitrión, cerrando la puerta —, la gente llegará en cualquier momento. Olvídense de ese ponche apestoso, tengo algo guardado para esta reunión. ¿Quieres abrir el cajón superior de ese mueble, Beans?
Cassidy hizo lo que se le pedía, pero no encontró nada.
— ¡Aquí solo hay manteles!
— Perdón, quise decir el cajón inferior.
— ¡Vaya! ¿Qué tenemos aquí?
Cassidy extrajo una botella de Glenlivet de 12 años que hizo que se le abrieran los ojos. El anfitrión descorchó la botella; a continuación, sirvió un tercio de vaso a cada uno, agregando asimismo algo de soda.
— Qué bonito piso, aunque no veo muchas cosas.
— Están en un cuarto, tuve que sacar casi todo para hacer espacio.
— ¿Y qué hiciste para obtener esto?
— Trabajo para el gobierno como técnico de comunicaciones, hacemos cosas de las que a veces no se nos permite hablar. Aparte de eso, durante un tiempo aposté mi sueldo en partidas de póker. Eso no era bien visto por mis superiores, pero me mantuvieron en el cargo por mi habilidad para manejar equipos. Cuando pude terminar de pagar este departamento dejé de ir a los garitos. En el póker clandestino hay tipos a los que no les importa dónde trabajas si tienes demasiada suerte. 
— ¿Cuánto fue lo que ganaste?
— Seis cifras.
— ¿Es una broma?
— No. Por lo demás, si no tienes familia, casi no tienes gastos. Aparte de eso obtuve un préstamo.
— ¿Para qué?
— Para mi afición preferida. Acompáñenme a la siguiente habitación para que la vean.
En un cuarto al lado del dormitorio, el hombre tenía equipos de comunicaciones bastante sofisticados. Había un transmisor receptor multifrecuencia con indicador LED, receptores digitales de onda corta, audífonos direccionales supresores de ruido y por supuesto, una Dell Turbo que encendió para mostrar una interesante base de datos, entre otras cosas que serían el sueño de un aficionado al espionaje.
— Esto te debe haber costado un ojo de la cara. ¿Puedes captar las transmisiones de la policía? — preguntó Katz.
— Te aseguro que no necesitaremos a la policía esta noche. ¿Otro whisky? Las chicas ya deben estar llegando… o, mejor dicho, las señoras.
— ¡Con hielo! Oye, Ballroom, mira todo esto. 
Mientras Ron preparaba los tragos en la sala, los tres compinches empezaron a hablar.
— Está tan loco como en la secundaria. Quién sabe qué diablos hará en secreto con todo esto. Tal vez ya sabe mucho acerca de nosotros. ¿Tú qué opinas, Ballroom?
— Yo no tengo nada que ocultar. Pero tú, Beans… ¿cuánto más vas a “prestarte” de la caja de la empresa? Y ese Bronco… ¿crees que sepa de dónde lo sacaste y que la licencia no está a tu nombre?
— ¡Ni siquiera mi mujer sabe eso! ¿Tú qué crees?
— Creo que estos tipos del gobierno saben todo. Incluso lo de tu cuenta bancaria. Yo que tú, me largaría de aquí de inmediato.
— ¡Ya basta, hombre! — intervino Katz — Vengan, vamos afuera.
De regreso en la sala, tres whiskies más esperaban a los invitados, más una copa llena de un licor azul para el anfitrión, quien, por cierto, había apagado el equipo de sonido.
— ¿A quiénes más invitaste, cojo? — preguntó Cassidy, llevándose el vaso a los labios.
— A Sandy, Wilma, Lyla… dos de ellas son casadas, pueden traer a sus malditos esposos si quieren.
— Tú sí que has revisado todo… ¿Les has visto las caras?
— Por supuesto, aunque eso solamente lo puedo hacer desde la oficina. Sandy se ve bien para tener 27, pero Wilma tiene los pómulos de un cachalote.
— ¡Pero si ya era un cetáceo a los 17! Ahora lo dices, pero allá nunca te atreviste, ¿sí o no?
— No, pero tú nunca te callaste nada… ¿verdad, Beans? Sé todo lo que hablaste de Geraldine Till a sus espaldas después de que ella declaró en tu contra respecto al accidente.
— Eso es porque fue un accidente, cojo. Quedamos en eso. ¿Y qué es esa cosa azul que tienes en la copa?
— Es… un licor europeo. Usualmente pruebo este tipo de licor en ocasiones como esta.
— ¿Qué es eso, jerez? ¡Déjame probar, hombre!
Cassidy levantó la copita que Ron Needles tenía delante, pero cuando estuvo a punto de llevársela a los labios, el anfitrión le dijo:
— Claro, Beans. ¿Por qué no la pruebas?
Lo dijo con una expresión aterradoramente seca. Su semblante había cambiado bruscamente de sonrisa ausente a mueca de suficiencia. Cassidy se detuvo, devolvió la copita a su lugar y dijo:
— No estarás pensando en envenenarme… ¿o sí, cojo?
Unos segundos de contemplación mutua dieron paso a una risa abierta de los tres invitados, la cual Needles acompañó con su propia tonalidad de risa, algo más leve, nada escandalosa. Una vez terminada esa reacción, el anfitrión tomó la copa del líquido azul, la engulló por completo y dijo: 
— Claro que no estoy pensando en envenenarte, Beans. Ya lo hice.
Cassidy lo miró con rostro de no saber cómo reaccionar, más aún cuando el anfitrión tenía una expresión demasiado dura para ser fingida. El invitado se levantó de inmediato, pero se dobló casi instantáneamente aquejado por un agudo dolor en el vientre, el cual se extendió rápidamente al pecho. Los otros dos invitados se levantaron igualmente para tratar de ayudarlo, pero Cassidy se derrumbó sobre la mesita de sala hecha de vidrio, aplastándola con todo el peso de sus 85 kilos. Katz y Jenkins se miraron el uno al otro por un momento hasta que Needles tomó la palabra para calmarlos.
— Tranquilos, caballeros, ustedes recibieron una dosis más pequeña en sus respectivos whiskies, suficientes para que las primeras molestias aparezcan luego de una hora, pero eso sí, luego de eso el daño será irreversible. Es decir, si no toman primero el antídoto.

— ¡Nos darás el antídoto ahora! — gritó Jenkins, avanzando hacia Ron, quien lo detuvo apuntándole con una Beretta de 9 mm al rostro.
— Mejor siéntate, Ballroom. El tiempo es oro. Además, el antídoto no está aquí.
— ¿Dónde está?
— Antes que nada, tomen asiento, señores.
Los dos, aunque lentamente, obedecieron, sabiendo que era su única oportunidad. Ron se sirvió un poco más del licor azul y continuó:
— A estas alturas ya se habrán dado cuenta que nadie más va a asistir a esta pequeña fiesta. Hace tiempo que vengo vigilando a Beans. También a ustedes. Por lo visto, siguen siendo tan inseparables como en la secundaria, los tres bribones atados como si tuvieran cadenas. Dado que él era quien comandaba su grupito de matones, yo sabía que él insistiría en traerlos… Supongo que vino en el Bronco que adquirió en el mercado negro. Sí, también sé todo eso. Pero vayamos a lo del antídoto. Está en un lugar oculto en una salida de la carretera 41, cubierto con una abundante vegetación. Hace algunos días excavé en ese mismo lugar un hoyo para el señor Cassidy. Si quieren vivir, caballeros, harán exactamente lo que les indico. 
Ron Needles, apuntando con el arma a ambos, introdujo la mano detrás de uno de los cojines y extrajo de allí un pequeño aparato, asimismo un par de pequeñas linternas a pilas.
— Este es un transmisor receptor compacto que yo mismo construí. Responde y transmite en una sola frecuencia, fuera de las que usan los walkie talkies que podrían cruzarse con la señal. Con esto me aseguro de que mi voz o la suya no puedan ser interceptadas ni escuchadas por nadie. Lo que van a hacer es esto. Pónganse estas linternas en los bolsillos procurando que no se les noten. Acomódense bien esas máscaras de tigre y zorro, tomen el aparato y métanlo entre las ropas del señor Cassidy. 
Los dos hicieron lo que se les indicó. La combinación de las máscaras de animales y la angustia que los cubría por completo les daban un aspecto cruelmente cómico.
— Ahora tomarán al señor Cassidy entre los dos y lo bajarán por las escaleras lo más rápido que puedan hasta la puerta principal. No se preocupen por ser vistos, este es un edificio nuevo y los otros seis propietarios se fueron con sus familiares a ver un espectáculo al aire libre. Aparte de un servidor, solo está un conserje que tiene un cuartito en el último piso. Ahora saben por qué escogí precisamente este día. La puerta principal estará abierta, pues supuestamente uno de ustedes accionó el botón que la abre desde aquí antes de bajar. A continuación, introducirán al señor Cassidy en el Bronco y conducirán por la ruta que yo les indicaré a través del transmisor receptor que les he proporcionado, el cual encenderán apenas entren en el vehículo.
Katz y Jenkins se quedaron quietos, mirándose el uno al otro, hasta que Needles los despertó con un grito, apoyado por la Beretta:
— ¡Muévanse!
Observado desde el umbral del departamento por Needles, el enorme cuerpo de “Beans” Cassidy empezó a ser desplazado con espantosa dificultad por el pasillo del segundo piso, para luego cruzar el lobby hasta la puerta eléctrica, cuyo candado se hallaba efectivamente desactivado. En el lobby, todo estaba siendo captado por una cámara cerca del techo, asimismo una cámara aérea fuera del edificio grabó el momento en que ambos animales salvajes, luego de mirar en todas direcciones, introducían el cadáver en la parte trasera del Bronco, tras lo cual Katz ocupó el volante y Jenkins el asiento del lado derecho. A continuación, encendieron el aparato para escuchar las instrucciones de Needles, quien ya se había instalado en su cuatro de comunicaciones con un mapa de calles previamente preparado.
— ¿Me escuchan?
— Sí, escuchamos.
— No se quiten las máscaras aún. Ahora, seguirán la siguiente ruta. Vayan al norte, seis cuadras más allá está la calle 4, doblarán a la derecha y la dos cuadras más allá nuevamente a la derecha, como regresando aquí. 
Katz arrancó e hizo el extraño recorrido sin atreverse a discutir. Luego Needles los hizo recorrer pequeñas calles oscuras con extrañas vueltas de timón alrededor de seis minutos, siempre dirigiéndose al sur, hasta una calle signada con el número 8. La siguiente instrucción debía marcar el fin del recorrido:  
— Ahora seguirán de frente dos cuadras más hasta llegar a un pasaje que hay entre la calle 6 y la Avenida St. George e irán por allí hasta la Avenida Wisconsin que es una avenida amplia. Una vez que la crucen, continuarán en línea recta hasta la carretera 41. 
Katz volvió a hacer lo que se le indicaba, pero al llegar a la Avenida Wisconsin se encontró con algo inesperado: una especie de marcha de fieles estaba obstruyendo el paso.
— Tenemos un problema. Hay un grupo religioso marchando por la Avenida Wisconsin. ¡No podemos pasar! — exclamó a través del micrófono.
— ¿Qué dices?
— Bajaré a dar un vistazo — dijo Jenkins, saliendo del vehículo a toda prisa. Allí pudo ver bien a los religiosos, con panderetas cantando: “¡Oíd! ¡Oíd lo que manda el Salvador! / ¡Marchad! ¡Marchad, y proclamad mi amor!”, todo lo cual iba aderezado con salmos y la luz de cirios de colores.
Entretanto, Needles, en su departamento, estaba atónito. No podía creer lo que pasaba, hasta parecía mentira.
— ¡Ocupan más de una cuadra! ¡Van demasiado lento! — indicó Jenkins al regresar al asiento del copiloto.
— ¿Qué hacemos? — exclamó Katz en el micrófono, presa del pánico. Habían pasado 33 minutos desde que Horace “Beans” Cassidy se derrumbó sobre la mesita de la sala del departamento 211.
— Escúchenme atentamente. Digan si hay vehículos detrás de ustedes.
— No, no hay ninguno a la vista.
— Apaguen las luces de los faros, retrocedan y regresen a la Avenida St. George.
— ¡Pero es contra el tráfico! ¡El pasaje es muy estrecho!
— ¡Hagan lo que les digo! 
Sin perder tiempo, Katz dio marcha atrás tan rápido como el vehículo lo permitía, casi chocando contra las paredes hasta el inicio de la calle.
— Ahora giren a la derecha por la avenida y recorran cuatro cuadras a toda velocidad hasta llegar a la calle 22.
Katz hizo chillar los neumáticos que sonaron como el alarido de un cerdo.
— Ahora den la vuelta por allí para entrar nuevamente a la Avenida Wisconsin. — ¿Y los religiosos?
— No habrán llegado aún por esa calle. Crucen la avenida, giren a la izquierda y continúen hasta toparse con la carretera 41. ¡Vayan!
Katz hizo vibrar el motor lo más fuerte que pudo hasta llegar a donde se les indicó.
— Estamos al filo de la carretera, Needles. ¿Qué hacemos ahora?
— Allí hay una porción de terreno donde pueden salirse del camino. Métanse hasta los arbustos y oculten el vehículo allí. Saquen a Beans del auto, metan el Bronco entre los árboles y lleven consigo el aparato para recibir nuevas instrucciones.
Así lo hicieron, luego de lo cual ambos hombres recibieron nuevas instrucciones.
— Ahora ya pueden quitarse esas máscaras de animales. Enciendan sus linternas. Unos diez metros más allá hay un pequeño claro. Busquen una roca grande, de color plomizo. Al pie de dicha roca hay una fosa. Si quieren el antídoto, lleven el cuerpo hasta ese lugar.

Habían transcurrido 41 minutos desde que Cassidy se derrumbó sobre el mueble de la sala. Con toda la angustia de saber que el tiempo se les agotaba, ambos buscaron frenéticamente hasta que cinco minutos más tarde Jenkins lanzó la voz de alerta:
— ¡Aquí, Katz!
Sin perder tiempo, levantaron nuevamente el cadáver, llevándolo hasta el lugar hallado donde, efectivamente, se encontraba una fosa, pero era muy pequeña para que entrara el cuerpo de alguien.
— ¡Needles! ¿Cómo se supone que vamos a meter a este grandulón aquí? ¡Pesa 85 kilos! ¿Acaso pretendes que cavemos? ¡No hay tiempo!
— ¿Quién dijo que lo iban a meter de espaldas? 
Katz y Jenkins examinaron otra vez el agujero con las linternas. Era angosto, pero muy profundo. Se miraron incrédulos ante lo macabro de la maniobra que tenían que hacer.
— Estás loco, cojo. ¿Lo sabías? ¡Estás completamente loco!
— Digan lo que quieran, pero procedan si quieren vivir. 
Los dos levantaron el cuerpo de Cassidy, lo pusieron de pie y, con gran esfuerzo, lo metieron al hoyo como quien inserta un tubo de construcción.
— ¡Ya está!
— Ahora, señores, escuchen bien todo lo que sigue antes de hacer cualquier cosa. Empujen esa roca sobre la tumba que deberá quedar completamente cubierta. ¡Aún no hagan nada! Luego de cubrir la tumba, busquen en la parte posterior del lugar donde estaba la roca. Encontrarán una bolsa negra con dos ampollas llenas de un líquido. Una para cada uno. Disfruten el trago, vayan al Bronco y limpien todas sus huellas, en el volante, los asientos, las manijas, la llave de la ignición. Y lo más importante: no olviden deshacerse del aparato. No debe quedar rastros de él. Les sugiero asimismo que se lleven las ampollas en sus bolsillos. Si llegan tarde a sus casas, inventen algo. Una última cosa: no dejen ningún indicio de que estuvieron allí, ya que solamente ustedes pagarán por ello. Ustedes son los únicos en haber sido vistos. Lo único que los salva de todo, por el momento, son las máscaras y mi silencio. Ahora… ¡empiecen!
Katz y Jenkins siguieron las instrucciones como pudieron. Bebieron el antídoto como si nunca hubieran bebido nada en toda su vida. Era amargo, pero eso no importaba. Los dos descansaron en el mismo lugar hasta sentirse mejor.
— Ballroom, vamos a limpiar ese vehículo. 
— Sí, claro. Yo… regresaré a pie a la maldita carretera. Después inventaré lo que sea.
— Iré por otro lado, es mejor que no nos vean juntos.
— ¿Qué hacemos con las máscaras?
Habían dejado sus caras de animales al pie del Bronco, Cassidy se llevó la suya a la tumba. Ambos se dirigieron al vehículo, donde tomaron las máscaras para romperlas con las manos, sin apuros, sin preocuparse en qué hacer después con los pedazos. Estaban vivos, lo demás podía irse al diablo.

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